Mi yegua palpita cansina
echada sobre su pena imparable
pues su pezuña no pare verso alguno
y la acaricio con la docilidad de las mías
con el sueño
de surcar nuestras lagunas en submarino.
Le ha confesado amor al macho
herido de indecisión
y su genio le ha abandonado.
Ahora, una jaula de porcelana
recorriendo la tundra tranquila
es el viaje de
neblina y hielo, como chocolate espeso
en una taza fría
¿Qué penas en medio de ataques de risa
relinchadora trovará la yegua cuando
sus crines brillen como el glitter de las
niñas bienamadas?
Quizás un manifiesto hecho monumento
en el centro del gris concreto
enseñando la oscura cueva de su sexo
o una taza de verdadero café
con la profundidad de sus ojos
maricones hacia el macho de sus antojos
de sus amores apolillados en jirones.