A veces leía
en el fondo de mi corazón de frutilla
que la nuez se vuelve matriz en el vientre.
Dividido,
consumía las sopas con desgano
y mis caderas crecían
custodiando el colgajo pálido
de los perseos futuros.
Al fondo, a la izquierda
habita mi monstruo domesticado
una yegua alada
oscura como la cocina
alma de madre recubierta de obsidiana.
Dios encontró al peluquero un martes
y el miércoles decidió hacerme hombre
mi pelo
era un militar colegiado
pero mi nervio vigilado aún me era ajeno
la fresa ahora eran dos
y del mar emergió su señor,
manos de bellota a plantar mi terciopelo.
Al fondo, a la derecha
crece mi feto ahogándose en memoria
solo yo sé que será gigante
espada dorada como el oro de mi orina
alma de padre deshojada de amor.
Las caderas ya no controlan
el glande insidioso que llamó a los perseos:
perseos pálidos
perseos indulgentes
perseos morenos
perseos de rizos
perseos sonrientes
perseos que inflamaban la fresa dividida
en sangre de vida
hasta convertirme en amuleto
en su collar de triunfos masculinos
palabra pronunciada de los labios de sus uretras orgullosas
hasta el día de mi metamorfosis.