viernes, 24 de julio de 2020

Palabras sin luz

(Estimado Gustavo: Quizás eres un archivero de palabras no publicadas, y mi sentida disculpa si te arrastro egoístamente a un rol que no has solicitado. Alguien dijo que "resulta más concreto leer tus relatos, versos, prosas que preguntar cómo te sientes". Quizás -mi relativa palabra de muletilla- sea cierto.

'Con urgencia te nombro' rayaba un escritor en un autógrafo antes de morir, pero aún no muero y no moriré, pero la urgencia me hace nombrarte, con vida aún por delante.

No me malinterpretes, aunque te veas tentado de hacerlo.

No leas, si no hay deseo.)














-la próxima vez, contaré algo cómico-
A.














- en los escondites bolcheviques inexistentes al conocimiento de las personas, guardo mis crónicas donde confieso con tinta mojada, que he pasado tantas horas pintando de carmesí maraco al mejor de mis personajes, a quién conozco bien, pero temo que sea la invención de mi delirio de amor chueco-

No hay juez para esto, no tengo juez todavía, pues el concreto que caminamos es una ilusión que reemplaza la cuerda floja de la que caímos tantas veces en superficies tan duras, lesionando los huesos de nuestro espíritu, lanzados por esa pelota de fútbol que chocaba contras nuestras blanditas alas, ese símbolo de hombría, de escroto sudado como collares transparentes de primera testosterona quemada.

No hay juez para esto, no hay titulares justos para nuestro circo humilde, de este circo de lengua que no acaba nunca porque la llenura de nuestros pulmones es un pozo de alquitrán que ahogamos por costumbre, con cada suspiro nicotinoso, por cada "te amo" callado en el disimulo de nuestra laringe.

No hay juez para esto, pero escritura sobra para confesar lo que vendrá, esa limpieza ordenada en notas de prensa donde seremos el gallinero del sacrificio para los carnívoros. Somos el eslabón de la debilidad traicionera a nuestro sexo. Dirán que la sangre regada es un hecho aislado, que apenas uno o dos saldrán a la opinión pública, mientras otros agonizan con la cabeza aplastada al interior de los tachos de basura, o mueren devorados por su propio cuerpo pensando en la muerte injusta llena de pústula y dolor, llena de cáncer y dolor, llena de asfixia y dolor. No nos salvará ni el DSM IV ni el DSM V, no nos salvarán los progresistas vestidos de zarandela, no nos salvarán nuestros amigos a quienes recibimos en nuestro umbral dulce, y en nuestro lecho oloroso donde entregamos los préstamos de nuestro corazón y nos cocemos los labios para evitarles la humillación de Pedro al negar al Nazareno. Pero sí, nos negarás, pues la vida no soporta el fusil, pero si el miedo.

Y los amores, ay los amores, que no estarán a nuestro lado, pero que desearemos llegar como hilos a su pecho herido, en los sótanos con olor a meados que da poder al torturador resentido porque se les arrebató un trocito de sociedad para ser un poco felices, para ser estos fletos realmente felices a los cuales, con soltura de cuerpo nos tildan de "gays"; gays sin comunidad, gays de detergente blanqueador, gays de racismo rosa, gays de clasismo aderechado mirando la precordillera colmada de rubiedades con altura de palmeras de bulevar, gays imitadores del patriarcado que huirán fuera del país a respirar su suerte llamada riqueza. Acá, el resto, moriremos con una luma en nuestros anos, porque ser cola vestida de seda haraposa como bufanda brillante de palabra política, será sentencia de tortura, será sentencia de hematoma sobre nuestro relieve accidentado, sobre nuestra geografía chocada por asteroide en forma de bellota, antes de la muerte.

Que palabras desteñidas caídas de la higuera seca, hay en mi alma en esta noche congelada, deja vú de melancolía, una psicohistoria imaginada como la que imagino Asimov, pero masticada de pasado, masticada de Dios hecho iglesia, masticada de Estado hecho política, masticado de varones que odian lo ausente de grosera hombría.

Guarda estas palabras, archivero, así como la tinta húmeda de mi amor por aquel personaje que he creado por la inventiva de mi escritura, que si alguna vez desaparezco, lea él, que no vendrá por este cuerpo, porque el zanjón sin sepultura, estará al otro lado de la muralla aireada que nos divide la existencia, estará al otro lado de su vida.

Que negras están mis palabras, en esta oscuridad que llama a sus alimañas.

domingo, 19 de julio de 2020

Una introducción

(Estimado Gustavo, ex El Careta -aunque no sé si has abandonado el hábito-: Te mando esto sin esperanza alguna que lo leas, más bien, para que seas el archivero de estos garabatos de un maricón que ya no remedia con nada. Pero si llegases a leer, espero no te ofendas por lo que puedas encontrar, pues hay más cariño del que imaginas convertida en una idea que se letró en dos horas. Espero, te encuentres bien.

A.)


Un día sin fecha en mi calendario hecho de viento y fugacidades, vi a alguien familiar. Estaba en la micro tiritona, adornado mi trono ganado en justa carrera a las velocirraptoras, con latas vacías de cerveza que promocionan mujeres que tapan sus aureolas con hilos del pudor, restos de un anterior dueño de posaderas siempre cansadas. Y en los vidrios manchados de ciudad, le vi ese caminar cansino y pesado, similar al de los osos errantes de Siberia que dejan huellas en la inmensidad de una tierra baldía, desolada como el caminar de Gustavo.

Su caminar, eso sí, no deja huella en el cemento, es más bien un caminar de la resignación a esta prisión citadina, un permiso concedido por su propia conciencia, abarrotada su despensa de frascos de tormento de agradar y no ser agradable. En su fondo, él es un marxista de clóset, un paria inconfeso que no está en el centro, ni en la frontera -donde escribo yo-, pero en sus tiempos silenciosos, sus ojos dialogan con las letras académicas y lee, lee porque en eso encuentra el regocijo personal de competir con su silueta fantasmal surgida de alguna parte, pero creo yo, se desdobló en su niñez, de la bendición familiar del Espíritu Santo que no lo bendijo lo suficiente a él y a esos congénitos ojos tristes que bordean el negro de mares profundos.

Mencioné que era un marxista de clóset, que categoriza lo que encuentra, como a mí, que de seguro estaré en alguna taxonomía que tenga las suficientes pifias que equilibren mis bondades para que pueda hacer acotaciones críticas, para, de alguna forma, sentir con sus lecturas mudas de marxismo alguna gineta que su andar cansino no le permite ganar con acciones, esas acciones de sociedad, no esas acciones guachas de pobre gallito que ni erizan los pelos de alguna mujer, cree él, cada vez que se encierra en su despensa a abrir los tarros coleccionables de tormento. En su fondo, cuando emerge de aquel lugar, termina por odiar a la gente misma pues no hay máscara alguna que le dé una cara a esa masa, donde no encuentra esos guiños frescos del amor.

Gustavo de andares enfadosos -o cansinos, palabra en desuso que define tanto-quizás por un ritual de pajas heredada del liceo de Aplicación -varoncillos hormonados con olor a semen y culo-, pero mis ojos rapaces ya han sondeado debajo de su comedia superficial y ese andar es de los pobres y dañados que han visto el futuro.
A veces, creo no conocerle, pues mi conocimiento de él son sus palabras salidas de aquellos labios que he deseado mojar con mis lágrimas cebollientas de colita tonta y, a veces, uno se exagera frente a quienes deseas agradar, sellando con lenguaje oral, una memoria de nuestra silueta en su recuerdo, o mejor aún, en su corazón. Gustavo logró grabarse en este corazón de compañera, en esta militancia de ala rota, que anhela las características revolucionarias para esta sociedad sin ternuras.

En otros momentos, parece que sí le conozco, como si fuera una cartografía extendida de mi tierra, un mapa de mi ciudad pequeña que ahora está vestida de nieve para su compromiso con el invierno, ese amante frío que no la suelta nunca. Le conocí cuando se enardeció de enojo de tripas porque llegaríamos tarde a ver The End of Evangelion y de seguro, me culpó a mí, que lo esperaba con tiempo, pero la muralla de gentes en hora punta no nos permitió vernos en la estación de la USACH. Le conocí cuando reía con mis comentarios absurdos de asuntos que conocíamos nosotros, mostrando ese camino de dientes que necesitaban un beso atragantado en mis amígdalas de ridícula pretenciosa ahogada en un vaso de agua rosa. Le conocí cuando su mano pequeña me cacheteó la mejilla, por el exceso de cosquillas que le entregaba de mi parte hasta desesperarle. Aún me rió de su mano pesada que desajustó mi cerebro. Le conocí en nuestras caminatas extensas por las avenidas y los serruchos andinos, donde sacaba a baldes sus profundos intereses para mi oído que le entregaba tranquilidades dibujadas de amistad.

Recuerdo las últimas dos veces que nos encontramos, tiempo después de verle caminar la ciudad desde la micro. La penúltima vez fue amargo, donde quién escribe mascaba ripio de una indignación sosegada. Pero le vi llorar, era la primera vez que le veía llorar como si un oso se metiera en un barril y sus ojos botaban el exceso de agua -que pésima analogía pero es la única que me venía a la mente para ejemplificar ese llanto- y si llevaba en aquel momento un dolor mediano, cuando él se largó por las escaleras, rápido y sin mirar atrás, mientras el vagón abandonaba Plaza de Armas, mi dolor se hizo gigante y lloré el viaje con vergüenza, pues pensaba que le había dañado al contarle una verdad incómoda que me tenía entristecido. Le había visto de mil formas, pero nunca enjugando sus lágrimas sobre esa piel del color del canelo que, confieso, alguna vez me quise vestir en la intimidad.

Y estos recuerdos, me develaron que Gustavo, era el personaje de mi novela que tanto había anhelado, pero que también, me hizo entender que yo también era un personaje de la misma, que no me podría separar como una diosa que contempla desde su palco poblacional, mis caprichos de escritura que me llevaron al egoísmo de llamarle solapadamente, para que se allegara a la frontera, para que enfrentemos juntos esa jaula cosida de nervios, porque cuando pernocté en sus ojos de noche, me enamoré del fuego de su rabia contenida, esa rabia enchuecada en comedia negra, por montañismos de hombría, por pretensiones de desorden mental y una tendencia inconsciente de parecerse a Cristóbal Briceño, que no superan su rígida competición y sus deseos inconfesables de demostrar ser el niño bien, ese que se transforma en hombre vestido de éxito, de escritorio maderoso de academia, lleno de mérito y gloria, que ciertamente logrará, pues posee la cualidad que más me gusta y dejaré en silencio. El estar cerca de mí, en la frontera, es emascularle de sus deseos.

Aún así, está esa amabilidad atenta que procura hacerme sentir como una pluma en un salón lleno de colchonetas, que protege ya sin tanto pensar, como la última vez que nos vimos, cuando la amargura era tolerable y la tristeza dejaba sonrisas honestas entre ambos, e incluso, creo que me dejó ganar en el carioca que jugamos en un picnic planificado por él, en Quinta Normal, pues creo que es de esas personas que pueden ceder con tal que la otra persona se sienta bien. Pero quizás es la imaginación de mi narrativa el creerme importante y realmente gané en buena ley.

Ya no temo las ausencias, tampoco las distancias, ni menos al desamor -pues esa tranquilidad poderosa nuevamente a vuelto a mí- sólo temo que algún día, esa suerte de muso, no esté más y mis dedos se marchiten y no escriban jamás, pero es porque aún me falta tanto compañera y compañere en esta militancia de ala rota, como decía Pedro, a quién no conocí en esta vida, pero le conozco por sus arengas de cronista, ejemplificando con su vida la demarcación de senderos para que las mariconas nuevas como una, no tengan que esguinzarse los pies por las rocas del camino.

Así creo yo, que debe comenzar una crónica, esta crónica de una polilla que aprendió a no aterrorizarse en las esquinas de su habitación.

viernes, 1 de mayo de 2020

Yegua en la tundra

Mi yegua palpita cansina
echada sobre su pena imparable
pues su pezuña no pare verso alguno
y la acaricio con la docilidad de las mías
con el sueño
de surcar nuestras lagunas en submarino.
Le ha confesado amor al macho
herido de indecisión
y su genio le ha abandonado.
Ahora, una jaula de porcelana
recorriendo la tundra tranquila
es el viaje de
neblina y hielo, como chocolate espeso
en una taza fría
¿Qué penas en medio de ataques de risa
relinchadora trovará la yegua cuando
sus crines brillen como el glitter de las
niñas bienamadas?
Quizás un manifiesto hecho monumento
en el centro del gris concreto
enseñando la oscura cueva de su sexo
o una taza de verdadero café
con la profundidad de sus ojos 
maricones hacia el macho de sus antojos
de sus amores apolillados en jirones.

Excitación

Pon tu boca en mí
cuando atraviese el camino por ti
arremanga tus muñecas
para cosechar mis uvas
y mi cerezo en flor
que muere inflamado por ti.
Dame esa quemazón
en mis labios
que ahora es peligro
insensibilidad política
que me quita el sabor
alcalino de tu fuego.
Estoy excitado
y me faltan tus poros levantados,
no me dejes
sin probar cada relieve
de tus montes y valles
ni de la tibieza
de tu profundidad.
Estoy cansado,
me retuerzo de necesidad.

Promesas

Una imagen y un jardincito de palabras
es lo que poseo en este tránsito de otoño
cuando el rojo de las hojas sólo provoca su desmayo eterno.

Rizo distante

Ese rizo ondulado
que parecen curvas desfilando las piernas de un despeñadero
ese rizo distante
entre mil murallas de aire
que flota en el arrozal imaginario de mi verso:
Así, reflexionó con un bombo
así, sobre lo más viejo de los sentimientos
siendo un barco frío
con dientes de glaciar rozando mi rizo
los dos de frente
bebiendo un témpano de agua mineral
en medio de la neblina
sin horizonte ni calor entre mis sábanas
ausente de alguna palabra
más que una imagen erótica
con la cuál hacer un corazón nuevo
¿Será suficiente aquella imagen
para tallar un regalo para aquel
rizo sin lengua?
¡Para!...
un retraso en los tiempos
un vagón tardío que perdió el motor de su destino
dónde viene el sabor de tus axilas
así como el fango moreno de la culpa
profunda de otro corazón hecho de sal marina
ese engaño de camaleón: un café descafeinado tan tibio
y una página que aún no logró doblar.

miércoles, 29 de abril de 2020

Serofobia

Un zumbido alojado en la boca del estómago
un verso lleno de pena atravesada
una piel cubierta
llena de vergüenza cuando el deseo
se vuelve lepra.
¿Qué será cuando la yegua relinche en el cemento?
Sólo me queda la estupidez de la honestidad
que no acaricia mi mano
usadas como manto impenetrable,
una burka sobre mis ojos.


domingo, 26 de abril de 2020

Me gustaría contar historias

Me gustaría contar historias
de tormentas bajo un sauce en medio de la nada, la tierra sin nadie,
limadura de una melancolía pasajera
alumbrada de plata sobre el caminito que me lleva
a esos manteles perdidos
de migas de pan tostado y un beso enfrascado en mi memoria.

Me gustaría contar con la cartografía
de mis ríos internos, de mis deltas bajo las cuevas de mi dermis
de barro alazano como mi yegua sin potrero
que da rondas por los quilantos de mi pubis.

Me gustaría ser pasajero en los trenes
empolvado de durmientes
hasta el cruce donde las polillas aguardan el fin temeroso de sus vidas,
ahí donde aguardan rizos nuevos
para hilar el telar que cubra toda marisma
que lleve mi cuerpo a la espeleología de tu geografía subcutánea.

martes, 14 de abril de 2020

La medusa silenciosa

A veces leía
en el fondo de mi corazón de frutilla
que la nuez se vuelve matriz en el vientre.
Dividido,
consumía las sopas con desgano
y mis caderas crecían
custodiando el colgajo pálido
de los perseos futuros.

Al fondo, a la izquierda
habita mi monstruo domesticado
una yegua alada
oscura como la cocina
alma de madre recubierta de obsidiana.

Dios encontró al peluquero un martes
y el miércoles decidió hacerme hombre
mi pelo
era un militar colegiado
pero mi nervio vigilado aún me era ajeno
la fresa ahora eran dos
y del mar emergió su señor,
manos de bellota a plantar mi terciopelo.

Al fondo, a la derecha
crece mi feto ahogándose en memoria
solo yo sé que será gigante
espada dorada como el oro de mi orina
alma de padre deshojada de amor.

Las caderas ya no controlan
el glande insidioso que llamó a los perseos:
perseos pálidos
perseos indulgentes
perseos morenos
perseos de rizos
perseos sonrientes
perseos que inflamaban la fresa dividida
en sangre de vida
hasta convertirme en amuleto
en su collar de triunfos masculinos
palabra pronunciada de los labios de sus uretras orgullosas
hasta el día de mi metamorfosis.









miércoles, 8 de abril de 2020

La medusa polilla

Hay un extraño reloj con forma de cucú abortado, inmóvil y colgado por tres años en la misma pared que me recibió hace también, tres años. Marca siempre la misma hora: las 8:05, pero nunca sabré si es de la mañana o la tarde, nunca sabré si es el amanecer de un nuevo día, o el crepúsculo que me toca vivir. A veces, durante las noches, presiento reflejos de siluetas de arenas flotantes en su vidrio costroso de polvo. Quizás es una visita incúbica, un falo prosternado a la succión de mi energía, una transformación de mis cabellos en culebras bebé, que aún desconocen el potencial de su veneno de mamba negra. Quizás es la hora mortuoria de un crimen sin resolver, porque le cosieron el espíritu y solo puede interrumpir mi sueño con terror para entregar su mensaje desesperado. Finalmente, quizás, es una falta de pila que alimente sus manillas, que produzca el nuevo constante de su tic-tac palideciendo frente a la creación no creada, sin dioses ni hombres, solo esta colería indefinible que se metamorfosea como mariposa nocturna para enemistarse con los hombres, en sus sueños donde siempre tienen miedo.

El reloj se movió un segundo, pero sin cuervo, a la postre, es un sueño en el mundo donde nadie está despierto.

lunes, 23 de marzo de 2020

Piel de árbol

Las confesiones tardías
que esperan en la comisura de tu boca
suelen alimentar los granos de un aguardar retórico
Un frasco transparente
un almacén hondo como las despensas en la infancia
brisa colada de ventanas abiertas
ojos rasos de un pescado muerto que no enfila destino alguno.

No cabría decir si el verso venturado
arriba a ese destino pensado como la antigua bufanda
envuelve en calor tu cuello escondido.
Acaso es un alfiler que se deja engullir por la viscosa materia gris
que aloja tu manantial de tinta azul donde humedezco mi pluma
Un mimbre entrelazado en las coronas de la risa y la pena
una ironía como palta molida con tezón para alegrar las fauces en hora vespertina.

Piel de árbol
marrón y poco curtida
nadie sabe la hora de tu risa
la destellada traza de mojada insignia
rodeada de un bosquecito barbón que enseña credencial de varón sexuado
almacén de tarros leguminosos, avenas y harina
de hambre de tallarines aún no descubiertos que solo dejan signos interrogatorios,
de tanto más que me llevaría una vida.

Quizás, la gracia es ser cascada y corriente
dejar crecer el cabello hasta ser crin de caballo
moler menos las onces que gritan abortar y solo morder
una manzana, una pera, un órgano corporal o los labios cuando la protesta de la comisura
sea un grito de "auxilio, ayúdame."
gorgorito de pajarillos, un piar que es sordo a los mitos
menos a mí, que soy novela inacabable.

Ríe como los copos de nieve ausentes
glaciar roto hacia un mar que desnuda la roca cicatrizada.

Ríe, solo ríe.


domingo, 8 de marzo de 2020

Bordado de piel

La verdad cae en la hoja otoñal
hecho añicos entre tus manos.
Detrás de la corteza viva
está la carne húmeda de la herida,
y me duele
tanto como a ti
el cuchillo que porta mi lengua.
Mi paladar esta descuerado
hasta el tumor de yegua
que muere y vive en mis amígdalas,
y me daña
tanto como a ti
la cebolla llorona que moja los ojos.
Si tan solo hubiese escrito,
sería una hoja que corta los dedos,
furiosa marcando galope en el polvo.
Pero mordí la pulpa del corazón
y te dolió
y mi esófago reverberó de pena
desde el abismo de mi propio silencio,
mis pezuñas marcaron tu espalda
reflejando la cartografía de mi intimidad
la forma de un estropajo en tus sueños
Basura y fealdad
en etiquetas de neón sobre tu frente,
la palabra insultada bajo tu lengua,
nitroglicerina para bombear
el músculo de tu tristeza personal.
Mientras me cosí con crines de yegua
bordados de piel tuya 
sacadas de recuerdos catalogados
a estas entrañas mías de mierda
porque hay absoluta pena
ver una y otra vez tu cara tan triste
porque yo estuve cerca.

La verdad es tan sencilla
como la madera fresca
de un árbol que bota savia.
La verdad es que...

sábado, 22 de febrero de 2020

El interruptor

Ven, que te apago el interruptor, cariño mío, para que tus heridas brillen en la penumbra, como diez soles ocultándose en la recta infinita. Déjame lavarlas de la infección onerosa con mis lágrimas de María Magdalena enamorada, en este cuerpo donde también me cuelga este extraño nervio hueco. En cada gemido de dolor está dibujada la valentía glotona que se comió el miedo de generaciones, déjame besarlas con la adoración de una colita sola, que masculla tras tu puerta rezos de protección a tu cuerpo machucado de lumazos, a tu cuerpo abigarrado de violeta esmeralda que se consagró a la violencia de los santos populares. Deja que tu verso sencillo entre a mi oído acolchonado, que aquí estoy, mientras tu quejido de hematomas, contornea hasta liberar tu cabello de sotobosque lleno de sudor viril antes de levantarse el unicornio rojo que ahora ya no tiene sosiego. Descansa, dulce quequito de chocolate, que mañana el sol sale por el este y haré que te sientas orgulloso, mientras extiendo mis alas tras los fuegos de esquina abierta. Quizás, mañana, tus besos adornen mis alitas rotas y hematomas como racimos de uva. Duerme para que soñemos el mismo sueño, donde siempre reímos de las historias contadas por primera vez, donde siempre nos volvemos a conocer al medio de todas las personas del mundo. El interruptor ya apagó la luz. Brilla como nieve de julio bajo la luminaria oscura.

Destino de Cordero

Esto de ser hombre
de creerse hombre
de esperar ataúdes como ofrenda a la tierra
desguace de cuerpo hasta la silueta que entra a la noche
es mi dolor primigenio.
No hay gracia en ser hombre
no cuando soy una reinita
que quiere flores en sus orejas
una puta de sentimientos asesinos
bajo el quilanto florido
lleno de ratones sexuales
ávidos por comer mi fruto.
Esto de ser hombre
me aflige como seda
aplastando el cartílago fructoso de mi alma.
Mi cuerpo es un río de palabras
sin filo hecho verso
que despido con gritos mudos
hacia la civilización
que me ve como hombre
como primer nombre, como apellido de padre.
Hasta madre me reniega la col
florida de su apellido inexpugnable.
Sólo me queda menguar
mientras hurgo en mis caderas
anchas como los versos
que riegan esta tierra
confesándome frente al arroyuelo
hasta ser contorno vacío para alguna estrella
que ningún ojo puede ver.
Esto de ser hombre
de creerse hombre
es el desfilar silente al degüello obediente
en el matadero de los espíritus
destino de Cordero
para la polilla nocturna.

jueves, 20 de febrero de 2020

Piel sombra

A ti, solo puedo hacerte poemas,
ataúdes como en tenedor libre,
garras de gato que entierran su mierda,
poemitas baratos sin gracia
sin condecoración imaginativa
donde las imágenes 
son solo mi ente lamiendo
tus sudores que me niegas.
Que más son tus pliegues
especia traída del patio trasero
de la metrópoli triturada,
embajada vacía de hogar,
visita impertinente a tu puerta,
piel de sombra de otro idiota,
tu faro en el cabo incierto
me encalló el sexo a tu duda.
Me dan serias ganas
de odiarte hasta alguna estrella,
hasta que se hunda mi pueblo,
residente de espinas en mi cuero.
Pero soy rolliza grasa
que perdona demasiado 
al chillido pomposo de mi pena.
Que poemita rasca escribo
ebrio dormitante con ganas
de escribir mi rabia contra 
tu lírico esqueleto de nalgas
colladas que no tienen aún
las nieves eternas de mi próstata.
Ódiame, que te odio.
Ámame, que te amo.

martes, 18 de febrero de 2020

Sin título

Desde este cuerpo de voz grave y útero ausente, musito que es una paradoja observar un campo de abortados, ese limbo de llantos felices por aquellas que recuperan su vida del temor a perderla, ese limbo de llantos del desgarro por ese feto añorado a llenar los últimos espacios de vacío interior. Pero hay tanto cuerpito venido a este teatro trágico a secarse entre vientos amargos, que sin importar la inspiración de las lágrimas, que sean estas las que bañen sus pequeñas nucas de emociones, de amor propio, de amor por el prójimo, que mi llanto sin matriz humecte sus tallitos dispuestos a recibir la luz del cariño que podemos proveer con nuestras bocas, manos y acciones. Que sea el campo de abortos, como una tomatera, que sea por elección o accidente, pero que las acequias de nuestro llanto, sean la vida de los girasoles que se afirman en el suelo, que brotan y brotan para alegrar esta tierra.

Rezo a la Yegua de la Furia

Yegua

Yegua maldita
que arden los poros
de infinita locura
alazana de fuegos
rosa amargura
de esputo sanguinario.

Yegua
que cabalgas amante
a pelo sin pudor
pisoteando los sueños
espumantes de licor.

Yegua
incandescente fulgor
bufadora esperanza
que amasas - cónsula-
con rascadora pezuña.

Yegua

Yegua mortuaria
que comes fruta viva
de mosca transformada:
tierras de florida cereza
leche agria 
de tu glande inframunda.

Yegua

Yegua

Yegua de las Tres Marías
Yegua de las Tres Moiras
Yegua de las Tres Pascualas
Yegua del Tridente y la Trinidad

Fuego.

miércoles, 5 de febrero de 2020

La palabra vetada

Vengo a consultar
tus ojos de diccionario
para definir las palabras
de este origami sentido
que doblan mis manos,
a tatuar las imágenes
de los sueños que soñamos
y dejar guardados
mis besos bajo tus axilas
como los pimpollos
de un roble amoroso,
un redil abierto
para que pasten
las bestias que hemos
domesticado con
el silencio de nuestra compañía,
esperando la brisa correcta
y la marea tranquila
para quedarnos hasta el alba
y después toda la vida,
soplando al oído
la palabra vetada
cultivada en la hierba
entre la arboleda plañidera
unida con corchetes
de tu pulcra oficina,
en nuestra casa escrita
de tinta roja de una novela
que trata de un amor
entre el sosiego del Cielo
y la desolación del Infierno.

Novelita erótica


Cuando dormimos juntos
a poto pelao
somos como dos libros abiertos:
un diccionario de palabras
y la novela que las ordena;
tú y yo,
con nuestras vergas
como lápices que escriben
y el semen, la tinta que lo plasma.

Mar sin conchas

Ojalá te alejaras
de este cuero
supurante de amor
envuelto en arena
de recuerdos
inventados
para consolar
esta cueva
en mi pubis
que triste clama
por la piel
que apenas
puedo tocar
en este mar
sin conchas
para que tú
puedas recolectar.

sábado, 1 de febrero de 2020

Reina polilla

Pensaba alguna vez que existió amor, como una marica enclaustrada en busca de un mendicante cariño, que tanto se pega el aire de la ilusión a mi cuero. Mira, que tontera, cuando ya eres manzana madura y la voz se te vuelve pasta carraspera de tanto cigarrillo, siendo una estrella ahogada en el patio de las sobras. Tanto te fijas en machos con cojera de alhelí, que tendrán entradas de golfo y se convertirán en sus papás despreciados. Tanto, tanto te fijas en su afilada indecisión de cuchillo , esperando que tu actitud de señora abnegada, te corte un espacio en ellos para tu cariñito de sirena sola. Ellos quieren sirenas de aire, con su sexo correspondiente, para que sufran sin alcanzarlas, colita sola, que desde chiquichicho sabías que el abrazarte por tu cuenta, mientras te mirabas los ojos al espejo viendo esas lucecitas de bombillo de colipato, serían las mejores luces, que algún día, te harían volar como la reina polilla, en las esquinas que ahora son fuego y barricada.

jueves, 30 de enero de 2020

Padre

Padre...

Cuando vi tu tumba

Lloré

Bailé

Eyaculé

Así como te gustaba.

Treizeci și trei de versuri

A veces,
siento que va a temblar
y mi oído vibra 
hasta ennegrecer parte de mi vista
Ahí, salta un recuerdo
de cachorros muriendo
bajo mi mano infantil.
¿Moriré también así?
¿En un cuadrado
sin alas
volando en las aguas
del hielo?
Mi mano sostiene 
a Walt, página 99
" Derruida, sin cercos y pisoteada por la guerra. Eso es Virginia"
También soy Virginia
en estado de mudez
para otro recuerdo
de manos en abuso
sobre mi pequeño sexo
¿Se irá alguna vez?
¿En una bolsa 
ensangrentada de 
cachorros desencajados?
Mi oído telúrico
ya no estremece
antes que la comezón
de los segundos
alcance medianoche.
Walt, página 220
" Estoy sentado al borde de un estanque. Todo es quietud"
y las ollas
han hervido mi esperanza.

Pelo carbón

Tu pelo carbón
escoltando tu cuerpo
desnudo
que mi ojo
no ha visto
es una escama
de tentación
creciendo en mi perineo.

Gatos guarecidos

Cuando llueve en la capital
las gentes se convierten en gatos
guarecidos bajo el techo
que les imponga el destino,

el Estado o ellos mismos.
Llenan las hormiguitas
cubículos amarillo manchado
para calmar el ardor

de los vacíos sin caricia
y los baños se atormentan
con los cazadores de culebras
que van y vienen

buscando el tótem perfecto
para adorar con la boca.
Afuera llueve y llueve
con el afán de empañar cristales

y rascar las calles hasta vencer
Lluvia militante que no claudica
ni con parkas, ni impermeables.
Acá, su sonido es seco

áspero al lijar el concreto
pero moja como en los hielos
la pretina de mis calzoncillos.
Mi lana, como el ayer

se humedece sin sudores
de los amantes próximos
solo del agua que desespera
al capitalino que se maravilla

de las nubes extranjeras
y supinas les parecen las vernáculas.
La calle, en la lluvia
es mía completa

y fumo como marinero
en las esquinas despobladas.
mientras otros apegan sus cuerpos
de laguna y juncos

a conversar de lo humano
a olerse el humedal
en paralelepípedos niquelados.

jueves, 23 de enero de 2020

Repartamos por la mitad

En papel blanco
escribo una carta
para entregarla en tus manos
y no mirar atrás.

La carta dice:
te amo
y no te soporto,
ya no hay vuelta atrás.

Hay diez libros
repartamos por la mitad
quiero las de tapa blanca
no hay asunto detrás.

Quédate con las películas
me haré con unas nuevas
nunca me agradaron y
no quiero ya nada más.

miércoles, 22 de enero de 2020

La bufanda

La bufanda seguía colgada
como si el ayer
siguiese siendo del hoy
los colores cruzados
las motas sempiternas
que anidaron para no
abandonar la tela
azul y verde limonada.

Te levantabas el pelo
tal bosque desnutrido
brillante a cualquier luz
incluso la fría primera
mañana de primavera
que sería el retiro perfecto
de algún piojo ya jubilado.
La bufanda caía tanto

en tu cuello
como en las sillas de madera
como en el cubrecamas
donde derramaste alguna vez
los huevos revueltos con jamón
y lloraste como si la vida
ya no tuviera remedio,
pero reímos

y después hicimos el amor.
Antes, sólo follaba como
si todo fuera un tecnicismo,
pero tu bufanda envuelta en
mi cuello excitado
entregó excusa y testamento
contra mi novela de razones
para no amar en el acto.

La bufanda sigue ahí
calentándose frente a la estufa
como las manos frías
que son mías y de nadie más
donde cada yema es un vagón de
pasajeros con vidrios empañados
pero vacío como el tronco
muerto que nos auguró

el mal presentimiento.
Ahora, la bufanda está
en mi cuello más grueso
flamea al viento y
es testigo de mis manos torpes
que derraman el arroz por el
suelo encerado,
pero me río y me acuerdo

y dejo la bufanda donde
siempre estuvo colgada
donde habrá un hoy
para su respectivo mañana