domingo, 28 de junio de 2020

Orgullo en la esquina del dolor -confesión-

Orgullo en la esquina del dolor -confesión-

Recuerdo aquella noche, en esa esquina sin título con Angelmó, en el Melipulli bajo la cruz bendecida por Juan Pablo II, erguida como falo perpendicular hiriendo la tierra, abarcando el silencio con luz tenue aún a altas horas de la noche. En ese silencio, mientras caminaba con displicencia por hacia respeto de mis tacos imaginarios recién adquiridos, con ese poder único del "nunca más"como vanguardia de aire batido por mis alas de polilla nueva, me aborda el muchacho con el que habíamos intercambiado miradas rapaces aquella noche en un antro de buena muerte, entre el espesor caliente de los sudores homosexuales, pero que por razones que siempre desconocemos, nos perdimos entre uno u otro beso voluptuoso con ajenos a nuestra conexión. 

No iba sólo en el automóvil, corcel del caballerito que había despertado mis tempranos e inmediatos amores, pero en su interior solo había caras amables que reafirmaban la invitación hecha por aquel príncipe, que me subí sin meditarlo a la aventura de risas y alcohol, preparando mis frases emplumadas de intelecto para endulzar su oído. Subimos por Crucero, crucero del falso amor, donde todo lo que baja tiene que subir, pues no hay escapatoria de los tentáculos sociales de un Mirasol, estrato social más abajo de un Valle Volcanes, pero más arriba que las favelas de puerto mirando hacia el sur.

Eran todos tan agradables, como un cono de helado derritiéndose entre las hendijas curvas de los dedos en pleno invierno: era la muestra de mi temperatura cachonda frente a aquel extraño y el vaso de alcohol que me entregó, mientras sus palabras eran semillero cayendo en mi jardín íntimo, tenía un sabor extraño, pero nada que mi hígado y mi candidez de aquel instante, no haya soportado.

Y así, inmóvil y aún consciente por un vaso de alcohol, todas esas amables caras se deformaron tras óbolos violetas que flotaban hacia un techo sin fin, donde se escuchaba la lluvia caer en un amanecer tardío. Lento fue el desmontar violento de la noche sobre el día, lento fue mi suplicio en aquel sofá verde como un bosque de pinos, donde aquellos hombres violaron mis relieves con sus nervios tiránicos, hurgando con daño los orificios que encontraban, porque fui seleccionado para ser un recipiente, una bolsa de basura colgada en la puerta de la cocina de la casa del pobre. Tenía el deseo de morder y arrancar de cuajo la engañosa hombría de ese plátano sanguinario, pero mi cuerpo me había abandonado, pero no el dolor, ni la sangre, ni la falta de aire, ni tampoco esos moretones negros tal como cráteres de asteroides sobre mi geografía debilucha.

En el dolor, mientras me montaban en fila o por donde pudieran, se escapó el brillo de mi nueva alma que tomaba los destellos en las sombras y volví a ser el niño indefenso afirmado en una pared hogareña que se transformó en la esquina del silencio, ahí donde mi sacro terciopelo fue rasgado por primera vez, ahí, en mi primer juramento de "nunca más".

Caminé, con el impulso del temor, cuando mis piernas reaccionaron a mis órdenes. No tenía tiempo para una venganza, mientras los exhaustos ultrajadores dormían sin culpas en sus caras, con dulces rubores en sus mejillas, esas mismas caras amables que engañarían a cualquiera, y el muchacho mi tonta atracción, de mis amores inmediatos post-adolescentes, era el más semidios de todos y en su alcurnia bañó mi humillación con su leche de macho cabrío más que todos los otros, simples esbirros de sus ideas poderosas.

Seguí caminando, bajo la lluvia sureña, con goterones fríos como una tortura china, pero fue la misma que lavó mi cara y pelo de cualquier vestigio de semen encostrado en mi superficie. Bajé por Crucero, crucero del falso amor, porque todo lo que sube tiene que bajar hasta la hendidura Modelo, que parecía una entrada al infierno húmedo sin una puerta donde ingresar. 

Pensé en morir como tantas, pero no morí; pensé en guardar silencio y guardé, como tantas. Alguna vez probé con decirlo a una persona, "tú te lo buscaste" fue la más amable respuesta: una amistad equivocada.
 
Cuando se escribe de lo que conoce: el mundo material de lo tangible y lo intangible, llegan las confesiones en el jardín de interiores, donde crece mi propio árbol del bien y el mal, nutrido de sangre y seso, fortalecido de silencio, un tejido intrincado de engaño y vergüenza, pues aquí entran los adjetivos sin discriminación para sellar el dolor y conservarlo para siempre, sin importar cuántas hachas como ritos derriben el tronco.

Este orgullo que significa ser una polilla al que le llovieron la pieza por dentro, sin contemplaciones, este orgullo de ala rota y vuelta a romper por los hombres de mi siglo, surge de las esquinas del dolor, pues este orgullo no es gay, pues no hay nada feliz más que la mascarada para ocultar las supuras de nuestros tajos, es un orgullo sometido a prueba, que se dobla pero no se rompe, que se quema pero no arde, que se encierra pero grita. Pero este orgullo no es gratuito y el dolor amenaza con destruir nuestro relieve corporal, pero es la enfermería del espíritu, este hacer diario que nos hace lo que somos, la puede salvar sembrando las palabras en los oídos de nuestra causa.

Cuánto tiempo perdí en causas tan justas, pero con tantas manos disponibles. Pero la mía, esa causa fleta, aún carece de manos, pues nuestro derrotero es cruel, encerrados en toques de queda sociales entre los que nos odian y los que nos adulan. Pero insisto, esta enfermería rosa de nuestro espíritu cola es la razón para secar nuestros árboles del dolor, y cuando la revolución esté lista, no pensaré en los gobiernos del hoy y del ayer, pensaré en mi padre, pensaré en aquel muchacho y su grupo de violadores, en aquellos que me escupieron, insultaron y golpearon por mostrar esta aura rosa de maricón irremediable y pobre, de cuando me quitaron mi voz, mis obras y mis deseos de bailar -a mí y y tantas otras- pues todo lo que he mencionado es este país, de nombre Chile: pintura barroca llena de capas subterfugias de errores y sangre, país de revolución atrasada en su calendario.
         
y son estas mismas palabras de seda
envueltas en el cuello capital patriarcal
que detiene el aire hasta el azul en la boca
las que se siembran en los cuerpos rotos
para la cola alacrana
la hambreada, la pobre que le gusta el patio de atrás
la que no piensa en robarse
revoluciones varoniles de cuento,
la que no se fija en las categorías
modernas o posmodernas
la que hace rugir el cemento
con la fricción de su cola letal
pero que aún así, nadie la ve venir
hasta que son multitud
y el silencio se acabe
bajo la estupefacción del odio y la adulación...

Violadx, abusadx, pero soy, a pesar de eso; jamás, por eso. Eso es para mí, mi orgullo nacido en las esquinas del dolor. ¿Qué más queda? Otro estallido y su revolución.

... y un beso homosexual en las penumbras del amor.

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