miércoles, 8 de abril de 2020

La medusa polilla

Hay un extraño reloj con forma de cucú abortado, inmóvil y colgado por tres años en la misma pared que me recibió hace también, tres años. Marca siempre la misma hora: las 8:05, pero nunca sabré si es de la mañana o la tarde, nunca sabré si es el amanecer de un nuevo día, o el crepúsculo que me toca vivir. A veces, durante las noches, presiento reflejos de siluetas de arenas flotantes en su vidrio costroso de polvo. Quizás es una visita incúbica, un falo prosternado a la succión de mi energía, una transformación de mis cabellos en culebras bebé, que aún desconocen el potencial de su veneno de mamba negra. Quizás es la hora mortuoria de un crimen sin resolver, porque le cosieron el espíritu y solo puede interrumpir mi sueño con terror para entregar su mensaje desesperado. Finalmente, quizás, es una falta de pila que alimente sus manillas, que produzca el nuevo constante de su tic-tac palideciendo frente a la creación no creada, sin dioses ni hombres, solo esta colería indefinible que se metamorfosea como mariposa nocturna para enemistarse con los hombres, en sus sueños donde siempre tienen miedo.

El reloj se movió un segundo, pero sin cuervo, a la postre, es un sueño en el mundo donde nadie está despierto.

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