sábado, 22 de febrero de 2020
El interruptor
Ven, que te apago el interruptor, cariño mío, para que tus heridas brillen en la penumbra, como diez soles ocultándose en la recta infinita. Déjame lavarlas de la infección onerosa con mis lágrimas de María Magdalena enamorada, en este cuerpo donde también me cuelga este extraño nervio hueco. En cada gemido de dolor está dibujada la valentía glotona que se comió el miedo de generaciones, déjame besarlas con la adoración de una colita sola, que masculla tras tu puerta rezos de protección a tu cuerpo machucado de lumazos, a tu cuerpo abigarrado de violeta esmeralda que se consagró a la violencia de los santos populares. Deja que tu verso sencillo entre a mi oído acolchonado, que aquí estoy, mientras tu quejido de hematomas, contornea hasta liberar tu cabello de sotobosque lleno de sudor viril antes de levantarse el unicornio rojo que ahora ya no tiene sosiego. Descansa, dulce quequito de chocolate, que mañana el sol sale por el este y haré que te sientas orgulloso, mientras extiendo mis alas tras los fuegos de esquina abierta. Quizás, mañana, tus besos adornen mis alitas rotas y hematomas como racimos de uva. Duerme para que soñemos el mismo sueño, donde siempre reímos de las historias contadas por primera vez, donde siempre nos volvemos a conocer al medio de todas las personas del mundo. El interruptor ya apagó la luz. Brilla como nieve de julio bajo la luminaria oscura.
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