Una vez, Dios mismo me preguntó, transformándose en sueño como un Zeus onírico, solo que a él le gusta crear mamarrachos de barro para su entretención -así dicen las lenguas sin dios- que mierda yo anhelaba. Por supuesto, en mi particular y cortés estilo -un rasgo de buena crianza que desprecio profundamente y que trato de apaciguar haciendo proclamas esporádicas- respondí con voz impostada como de ultramar que era imposible que el Dios que me enseñaron cuando era un cabro chico tímido, sin mucha voz y con tantos miedos por el infierno que me esperaba, porque tan solo me gustaban las tulas grandes de los hombres más altos que yo, no estuviera al tanto de mis más profundos anhelos.
Lo increpé y escupí el aire -Dios está en todas partes así es que le llegó el gargajo- pero, inmediatamente, me senté en un tronco de algún árbol, quizás magnífico, ahora mutilado y sin dignidad que ahora es asiento para mis posaderas y comencé, como un canto proferido en medio de la nieve que cae sin considerar nada vivo, a relatar mis anhelos, una trampa absoluta en la reciprocidad de las relaciones, atrayendo a mi centro gravitatorio a un espíritu caprichoso, a mis cuartos que parecen a los de la serie Twin Peaks, sencillos, cautivantes, siniestros como el terciopelo rojo simulando paredes. Ahí convivimos las disociaciones de mi alma, quizás, del espíritu mismo, ahí, reside la muesca olorosa de mi fractura mental, la silenciosa.
Hemos escuchado una y otra vez, que nuestros huesitos ya clasifican tonos para picar profundo en los estados de las personas, sus pensamientos y sus acciones. Escuchamos con los ojos también, escuchamos el silencio quejumbroso de la cara que desea mandar todo a la concha de su madre. Sí, escuchamos y somos buenos en aquello.
-Quítame esta distimia! - le dije, como el insolente que soy - pues estoy cansado de la incertidumbre de mis días, de mis ánimos ruinosos o no saber si sobreviviré al próximo cuadro depresivo que gusta de imaginar cuerdas exóticas y danzantes, como pitones constrictoras en el cuello, reventando capilares y cerrando el paso de la vida desde una simple viga de madera - en su defecto, fierro o algún plástico resistente- porque hasta los detalles de las condiciones climáticas he imaginado, pues soy un puro guionista que cree que ha vivido en una película demasiado larga. Pero suspiro, como si eso fuera una suerte de esperanza, inhalo de mis incontables cigarrillos que convierten en pozo de alquitrán mis pulmones húmedos, esperando transmutar en insuflo de vida para continuar más allá de la puerta de mi habitación.
Si fuera Dios, ciertamente soltaría una carcajada, o mandaría un huracán para que me quejara con ganas, o quizás enviaría una noble sensación que sublimara mi sugestión de creer que Dios está conmigo, una suerte de holograma metafísico para capear la pena negra que brota de mi cuerpo.
Pero sí, el mismo Dios juguetón y cruel, sabía de mis logros, de mi trabajo de ingeniería de años para contener el exceso de mi fractura y sopló vientos de lo único que jamás podré controlar: amor.
Por Dios!!! -sí, en todos los párrafos esta este tío omnipresente, o más bien metiche- tan solo fijar mis ojos en algún cuerpo con algún pene colgante, que resultó ser más encantador que las sonrisas desdentadas de una abuela que solo muestra el más enorme de los desintereses en mostrar algo de cariño. Y así fue como siempre, afinando mis huesitos, escuché y leí, conocí sus aguas y sus corrientes, pues es un mar que aún no se reconoce. Así, escuché la vociferación de su locura, de esas tan asentadas sobre la cordura, pero que solo es juventud y color verde, una acidez que será dulce en su madurez; así como la mía, un amigo de la cordura pero que parece ser vista desde una baranda ajena, guardando silenciosamente las visiones de mis años anteriores, de las siluetas que me infundían terror, de todo objeto que alguna vez cayó frente a mis pies sin siquiera tocar su superficie.
Me quejé incontables veces, pues dije y lo mantengo: no puedo amar.
- Sí, nada has hecho para evitarlo; nada has intervenido para que me dé algún tipo de amnesia fulminante que arrebate hasta el más puto recuerdo de una existencia de la que cuantas veces, llegue hasta arrepentirme de conocer, porque mis diques se han debilitado y esos diques están vivos, hechos de nervios y sangre y la angustia los ennegrece, los doblega. ¿Cómo es posible que un diagnosticado con tristeza endógena, termine por echar a la borda en el mar de los fracasos, su propia vida? A lo más, lánzame a un lago de la putería, para sumergirme en transpiración, moco y semen y eyacular campos de hombres que lo único que les importa es beber de mi leche letal.
Mi extraño 'amor' por la conjunción 'y' es como un hilo desesperado en mi escritura que desea unir todo, copular todo, quizás con la mayor de las ternuras, pero lo único que une es la palabra con la polilla que se posa sobre la pantalla luminosa de este recuerdo.
Aún así, volví a la carga del trabajo, drenando día a día toda explosión de amor que hizo los estragos sobre los campos viscerales que poseo, hasta recuperar el dominio de mi propio cuerpo. Ahora, la distimia está ahí, como un animal enrabiado, espumoso de hocico, al lado de mi valla.
- Cuál es tu anhelo? replicó el divino.
- Pues ya te lo he dicho.
- Pide y se te dará, pues no es ese el anhelo más grande que guardas, como guardas todo en tus pulmones hasta que sangras de tanto en tanto.
- A Millán le sangraban las encías según el poema y no era por gingivitis... o quizás sí. El cepillo de dientes tendrá la última palabra del origen de los sangrados.
- ¿No lo dirás?
- Léeme el pensamiento, omnisciente, porque alguien puede leer esto y sería mi fin, el fin de mi independencia y caer en la mierda de la posesión, que me aten a la voluntad de alguien que simplemente, con o sin quererlo, dañar todo y ser una Nueva Orléans frente a una Katrina temperamental.
- ¿El nombre de ese ser?
- Javier.
- El tiempo volverá a repetir lo que no has aprendido.
- Endeble me deseas, siempre mirando hacia ti. Enfermo me quieres para tranquilizarme en mis búsquedas. Un Dios de mierda es lo que eres sin importar el nombre que diga y aún así, te burlas por medio de ellos, para ver una y otra vez, que si padezco, que si hay dolor, que simplemente, poco te importa todo esfuerzo por no rendirme, para que la fractura no nos libere.
Desperté con la boca amarga y una erección que tenía mi glande del color de una manzana madura y anhelé que alguien le diera un mordisco para no sentir la extensa soledad, ahora una convidada de piedra, entre mis propias sábanas colmadas de mis olores a pies y culo. Sólo atine a masturbarme y retener el orgasmo para alguna otra ocasión, especial si le quiero llamar, o simplemente para la noche antes de conciliar el sueño, hasta que las ocasiones y los anhelos no sean más que un chiste jocoso derrotado por el hábito de sostenerme a mi mismo -junto los míos mismos-.
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