jueves, 12 de diciembre de 2019

Pamela Rouge I (Monólogo)

I


Podría mirarme al espejo por la eternidad. El espejo refleja lo que alcanzo y lo que he perdido. Me refleja sólo por fuera, por dentro es sólo decisión propia. Soy ya una mujer y es imposible renunciar a la niñez y aún no me acostumbro a que la gente, por dónde quiera que vaya, me traté como una mujer. No ha pasado mucha vida para ser esa “mujer” que todos desean que sea.

Mi frivolidad no es mi esencia, aunque sea representada de forma natural es nada más que mi defensa. Una crisálida, antes de la metamorfosis completada, una crisálida que se ha coloreado con un solapado pero increíble esfuerzo. Antes, una crisálida grisácea para ahogar toda vida; después, pálida frente al dolor y el temor, procurando agarrar la mayor cantidad de vida posible y ahora, una crisálida colorienta que miró con la mitad de mi cuerpo afuera, como si fuera caracola con su concha, moviéndome para todos lados con ella. Claro, sin babas. Mi frivolidad es la defensa de mi inteligencia, frente a la estupidez, frente a la imbecilidad de los que se bañaron en algún charco posmoderno y transpiran una gota de ideas y un litro de vacío.

Cada vez que salgo, y camino hasta quedar agotada, veo algo que me gusta y lo deseo. Deseo los accesorios que mis ojos ven y los puedo obtener. A veces creo estar en un lugar incorrecto. Aprecio el adorno, como la superficialidad que utilizo en mi desplante, pero es un concepto de belleza que difiere, que no es simple, ni cae en minimalismos. Es opulencia, opulencia bien distribuida. Es otra forma de belleza, es adorno y también, para los cabezas cuadradas, tribu demasiado prolífica para el mal de esta Tierra, es inutilidad.

La belleza y la inutilidad, son hermanas gemelas separadas por el destino, padre que desea lo peor para todos sus hijos. Les puedo dar el crédito a los feligreses de la fealdad. Aunque pensándolo bien, hay una cosa que la belleza es útil: la admiración.

Hay tan poco que admirar, y cuando se logra admirar algo, falta tiempo para continuar, incluso embelesado, hurgando la maravilla que puede colocarse delante de algún sentido, o de todos.

Podría caminar el planeta completo y otros planetas, incluso forzar mis músculos para nadar en el vacío, buscando algo que admirar, buscar la situación de pureza. Buscando el color rojo impuesto como carta de presentación, en alguna rosa, en algún planeta de Antoine de Saint-Exupéry. Pero estoy aquí, en el atasco, en el cuello de botella de los sueños a realizar, en el deseo: espiritual y carnal. Uno desea subir; el otro, explorar más allá de lo que ningún ser humano ha explorado en su sexualidad.

Guardo secretos, como todas. Ya ni siquiera sé por dónde empezar, porque ya tampoco recuerdo los secretos en su grandeza, en su horror, en su sutileza. Esos están en el cenit de la oscuridad, en lugares que no visito ya años, escondidos en calles de niñez. La nostalgia es la que suelo masticar con mis galletas de soda insípidas, les da sabor en ciertos días cuando el desprecio suele apoderarse de mí. Y no me desprecio a mí misma, si no a los demás, que veo como sus cabezas se queman como si fueran cigarrillos y caminan, rumiantes, regurgitando su propia miseria, incluso teniendo más valor las bolsas llenas de basura y desperdicio, danzando por el asfalto, que las gotas de saliva que producen y trasladan en besos llenos de enzimas que metabolizan la más mínima idea. Como los ojos obesos que engordan de imágenes falsas, falaz estética que los llevará a la ruina. Deseo en esos momentos que mi voz sea insecticida para destruir lenguas…  Pero también amo, y es su compañía la que necesito al final del día, siempre y sin falta, las mismas personas, que durante algún día del arrebato y del odio deseo crucificar. Las necesito al final del día, en especial, mi predilección, sobre incluso la ropa y los adornos que tan feliz me colocan, los hombres o el hombre.

Sueño con hombres y también que yo misma aplasto la cabeza de la Serpiente-Dragón. Después otras hacen lo mismo que yo. El amor y el odio que puedo sentir por los hombres, es más que nada, natural. Necesidad siempre estará, es una lucha del instinto, contra los fines más altruistas de mi persona. No es una lucha personal, hay otros y otras en la misma disyuntiva, en esa encrucijada entre darle nutrientes al tallo para que crezca alto y sin doblez, o hablar palabras rojas de calentura para levantar cualquier falo, hasta el más impotente. Puedo pasearme simplemente, caminar por la acera y sentir la mirada de los hombres, esos que desean con poesía, otros que violan ya con sus intenciones y sus fluidos infectos.

Eso era lo que pensaba, como un rezo devoto a una deidad sin nombre, desde el corazón. Pamela Rouge, un personaje creado por alguna pluma todopoderosa, o simplemente, un sarcófago autómata que en su interior contiene toda la razón de su existencia. A ella le gustaba ser mujer, a ella le gustaba defender a su género, para ella todo era un escenario gigantesco donde cada quién debe interpretar no sólo uno, sino varios roles. Pero siempre existía uno de esos papeles que resultaba ser el favorito.


El labial, un elemento cliché para alguien como Pamela Rouge, de un rojo intenso posaba erecto a su izquierda, mientras la superficie de su tocador, pulcra, brillante y blanquecina como una plancha de mármol, excepto que era una imitación obtenida por un contacto que supo que ese tocador solo sería para ella, un gesto de empatía para que tuviera lugar donde posar sus perfumes, sus cosméticos, pero sobretodo, sus diarios que se acumulaban en el suelo, además de un lugar donde escribir cómodamente y pudiera realizar una mejor caligrafía de sus apuntes de vida. El espejo solo tenía dos focos en sus bordes, el resto de los espacios para las ampolletas restantes, se mantenían sin novedad, o sea, vacíos.


Pamela echó una mirada de reojo a la hora, en el reloj mural de marcos de pintura acrílica dorada que marcaba las 20:50 al momento que una corriente, como si fuera un latigazo eléctrico de vergüenza y ansiedad, del que se repuso, apretando fuertemente los puños. Se acercaba ese punto de desvanecimiento entre el sueño y la realidad, mientras se miraba al espejo esas facciones medianamente rudas, llenas de un atractivo andrógino, donde crecía el vástago de una sonrisa cruel y arrogante. 


Apagó las luces.


- Tiempo de irse.


Abrió la puerta de la entrada principal de su casa de suburbio, un deleite homogéneo que sin ampliaciones y tarros de pintura, todas las casas serían tediosamente iguales. Sin embargo, había algo en el aire, palpable y a punto de emerger como ríos de magma tensionando la roca desde hace mucho tiempo, esa sensación inexplicable esperado que ni los poetas pueden zurcir en palabra alguna el espíritu intangible de lo que se incubaba. Era jueves.


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II




Algunas estaciones de metro se encontraban selladas, las diferentes evasiones llevadas a cabo por estudiantes secundarios, especialmente de algunos llamados 'emblemáticos', como los del Instituto Nacional, extrañamente resultaron muy simpatizantes con un bloque de la población -la mayoritaria- que veía nuevamente aumentar sus gastos para movilizarse por una de las arterias principales del transporte, de ciudad fracturada en su urbanidad, pero aumentaban su enojo alojado en las fauces de sus vientres con argumentaciones exigüas declaradas por una administración incompetente.

Así, Pamela Rouge, estaba determinada a tomar el transporte para llegar al destino señalado por otra persona, la cita, el gusto, la adicción o el ritual, cualesquiera que sean lo que sus acciones determinen, llegado el preciso momento para tomar la decisión que la llevará al objetivo.

La fuerza de orden y seguridad estaba prácticamente acampando en algunas estaciones de metro, en sus interiores, sellando el acceso y limitando el transporte público. El metro simplemente se vio sobrepasado por las hordas de adolescentes llenos de energías, olores y excesos de hormonas que los hacían más irritables y notablemente más sensibles frente a las inconsecuencias del gobierno de los adultos. Pamela sentía una empatía disfrazada en su mutismo y se revolvía un puchero interno en su caldero con mucha rabia como condimento principal.



Eran las 21:15 y el vagón del tren casi vacío le permitió estirar las piernas y descansar los pies en otro asiento y rascarse en la entrepierna mientras acomodaba el calzón. Las personas, pasajeras de la vida como ella, parecían absortas en un problema difícil de solucionar, buscando al final de ese viaje algún consuelo, o quizás la respuesta sorpresiva a sus vacíos y su prolongada cerviz doblada de una sumisión opresiva y cómplice, donde las alegrías parecen recuerdos ya alterados de pretéritos que no se repetirán en ningún ciclo, como piensan algunas personas de la Historia misma.

Mientras los edificios que atravesaban desde Estación Central hasta Las Condes, se hacían más grandes, sus siluetas se difuminaban entre los miles de puntos de luz desperdigados hasta encontrarse con el cielo rosáceo encapotado de nubes que no derramarían ninguna gota, ya que la sequía avanzaba taciturna en su cometido, hasta que el sonido de su teléfono la devolvió pronto del desdoblamiento.


- Acabo de llegar y no te veo. Cuánto te falta? -dijo el sujeto en su mensaje.


- Aún voy en camino, en el metro.


- Llega pronto que estoy con muchas ganas. Quieres ver un adelanto?


- No -mencionó ella- no es necesario.


Sin embargo, ni diez segundos después, le llega una imagen de un pene erecto y levemente encurvado a su teléfono. Se sintió ofuscada de tener que soportar esto y que, en un momento, pensó en que no valía la pena pues no estaba para aguantar ni siquiera un segundo a un tipo que simplemente, no le importaba las respuestas a las preguntas que él, ya había decidido responder en su mente y que el ejemplo de ello, sea una imagen de su paquete al desnudo. No podía ser más vulgar.


Pamela se dispuso a escribirle un sendo texto, mostrando su enojo y dejando en evidencia su falta de respeto, su machismo recalcitrante y un par de insultos a su falo que tampoco era una obra estética de la genética, cuando recibe otro mensaje que le hiela el pecho y se extiende por sus brazos y dedos, como si fuera una angustia bajo los efectos de la marihuana. Era la señal más inequívoca del temor previo, junto con el sonido de tripas que, de alguna forma, la dejaba en evidencia aunque nunca nadie a reparado en aquello, más que su propia mente levemente perseguida por alguna sombra idealizada en inteligencia autónoma.


- Ya estoy listo.


- Siempre lo has estado - respondió ella rápidamente. - Vi una foto tuya en un perfil, te ves extrañamente bien, aunque tu sonrisa siempre encuentra la forma de esconderse. Me llamó la atención el orden.


- El orden?


- Sí, sé que la foto fue tomada por Amancay, donde se le ve honestamente alegre y no en situaciones armadas por él para verse ridículo, o en pose de comediante donde no encontrarás nada serio en sus palabras. Pero es raro, mientras Edmundo y tu ex, están sonrientes para una fotografía, Amancay parece ser que fue el que más disfrutó aquel momento y tú estabas a su lado, sin sonrisa y con ojos especialmente tristes, hasta cansados.


- Aquel día bebí mucho. Igual pensé en aquello, Pamela. Quizás, en este momento, siente más alegría o confianza con la tristeza que suelo encarnar en todo, de la que no me había dado cuenta hasta que apareciste tú a anunciármela. Él no se llama Amancay.


- Pero si le corresponde ese nombre, si me preguntas.


- Ese nombre apareció en un sondeo de sus ojos. Tiene la mirada triste, es lo primero que observé.


- Siempre buscas miradas tristes. Así es como me encontraste a mí.


- Pensé que habías sido tú la que miró primero. Pero para que me voy a mentir, si te observé en una simple reunión de gente universitaria, latera y extensa donde no salió nada interesante, como siempre.


Pamela dejó de fijarse en el paisaje nocturno, en el ruido molesto en los túneles, se olvidó de estación Baquedano, donde ya ni siquiera subía o bajaba gente, pero no era de su interés más que llegar a Bellas Artes para dirigirse hacia el Parque Forestal. Olvidó que su corazón latía fuerte por la ansiedad, por el temor, por el deseo de bajarse en alguna estación y cambiar de andén para devolverse a casa, encerrarse y fumar hasta quedarse dormida, porque no deseaba nada más que eso, quizás con alguna copita de alcohol que se transformaría en una botella, como mínimo. Ya no pensaba en eso, más bien, pensaba lo bien que le hacía su amigo, su proximidad, un camino abierto lleno de recovecos ocultos, de senderos hasta muy oscuros que le han provocado temor en muy escasos momentos, pero no por ella, sino por él y en lo que iban a hacer.


Llegó el vagón a la estación y el desprecio en Pamela usurpó todo. Ahora había que confirmar en dos mensajes.


- Acabo de llegar a la estación. Estoy en menos de cinco.


- Ok. Copiado.


Copiado, Copiado, maldito imbécil conchetumare!! pensó.


- Llegué.


- Y yo estoy acá a la espera. Ánimos, por favor. Recuerda que te quiero mucho.


Que distintos eran. Antípodas nacidas de un útero, aunque no el mismo, pero quizás en situaciones socioeconómicas similares y se ensarzaron con sus vidas hacia rumbos tan diferentes, hacia compañías tan disímiles. La vida parece una aguja que hila disparmente. Una reverenda mierda de pensamiento.


Caminando por la calle, Pamela dobla en una esquina discreta donde solo habían autos estacionados, sin personas caminando, hablando o paseando a sus perros de alguna raza que simplemente, a estas personas les importa, un pelo en la cola de la gentrificación del lugar, lleno de esnobs y profesionales jóvenes que les agradó mucho esto de la convivencia amistosa, del follar sin compromisos, de comprar vía internet para no mover sus músculos después de una ardua hora de gimnasio y de vuelta en el automóvil al departamento céntrico. Vidas vacías, vidas llenas, vidas falsas, vidas medianas, vidas tibias... sí, tibias es lo más pertinente para definirles, o eso piensa Pamela. A veces, nuestros pensamientos parecen entrecruzarse en las dimensiones que nos separan.


Viendo Pamela que no había ningún intruso cerca o más correspondientemente, un mirón, se levanta un poco la falda y con sus dos manos procede a sacarse el calzón de color celeste como si fuera un accesorio de bebé, esos que el color define el sexo y género, como si fuera un acto de lo más natural, aunque es solo el comienzo de un entramado complejo, lleno de recuerdos que irán moldando a la suerte de alfarero invisible, lo que serán esas personas. Guardó su ropa interior en una suerte de bolsa que portaba y salió a la visibilidad de las gentes, esas que ya mencioné en el párrafo anterior. En la otra calzada, ve a un grupo de cuatro muchachos que logra reconocer, la mitad mucho mejor que la otra mitad que estaba en el limbo entre lo conocido y lo desconocido. Uno era Amancay; el otro, Edmundo y los otros dos restantes también sabía sus nombres pero decidió ni pensar en aquellos, era más importante pasar desapercibida que ser saludada por ese grupo de jóvenes que estaban de juerga tempranamente y de seguro el hálito alcohólico así como los ojos hinchados y enrojecidos de la voladera por mota, le llegarían de sopetón causando solo incomodidad y más prisa.


Ciertamente, logró esquivarlos apresurando el paso, junto con los audífonos en las orejas, santo remedio para ignorar al mundo completo, abstrayéndose en el playlist contenido en su teléfono, mientras las luminarias pasan y pasan, así como los edificios de paredes de concreto y cristal, siglo XIX y siglo XX, quizás que uno y otra construcción de este siglo, pero a final de cuentas, ese barrio estaba consagrado al pasado y sus heridas nunca sanadas, en espacios diminutos llamados calles, colapsadas por el dominante parque automotriz de la ciudad, hasta llegar al Parque Forestal que solo era cúmulonimbos de diferentes tonos de gris que permeaban uno que otro destello de las luces del parque, frías y nostálgicas donde las ratas juegan a ser niños y realizan las acrobacias de su sociedad.


En la parte más alejada del Parque, logra vislumbrar un automóvil pero no logra distinguir su color hasta que se encuentre muy cerca de él.


- Tendré que acercarme hasta la ventana del conductor para reconocerle- pensó Pamela que movilizó sus pies directamente al objetivo, cruzando las oscuridades donde rondaban los apetitos sexuales de la manada de varones, descubriendo la caza de anacondas para atragantarse de las emociones compungidas que provoca la soledad. Dos miradas separadas por dos minutos se clavaron en su cuerpo, pero fueron ignoradas por Pamela que ya no pensaba en nada más que cobrar su cuota, una cuota que ni siquiera era venganza, sino un placer espinoso del que algún día ya no tendría escapatoria.


Mientras Pamela corría la cinta de pensamientos, un ojo en el retrovisor ya había reconocido su cuerpo. Aún era jueves.


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(III?)




- Si el velo de las cortinas se descorriera, no tan solo se verían las marcas mugrosas de alguna lluvia pasada que dejó su huella en los vidrios, lo suficientemente transparentes para que nos veamos desde fuera- decía ella con la elegancia de una actriz de mitad del siglo XX, o así la veía él, como si su chaqueta fuera una ciudad cartografiada y él tan solo un pueblito de dos calles que aparece de la nada en un recoveco curvo del camino.





- Te verían a ti. A mí no me verían- dicho con la modestia de un reloj de madera que cumple cabalmente su misión, en su caso, de contemplarla en el tiempo.






- A los dos, en especial, esa sonrisa de niño que rompe todo compromiso serio conmigo misma de no sentir nada por vos.






A tales palabras tan dulces, la sangre corría maratones por las autopistas de su silencio y sentía una burbujeante sensación sobre su perineo. Ella notó el montecito emergiendo desde sus pantalones de mezclilla gris como si un sismo levantara el asfalto y se acercó a ver esos ojos profundos como la envoltura de seda que se retira para mostrar una reliquia invaluable.






- Siempre esperé redimirme de algo, de ver el pasado que parece de carne sensible esperando posibilidades que ya no darán, así como un proyecto futurista de todas mis fantasías realizadas. ¿Te gusta el mundo? - Esa pregunta causaba un estupor lleno de placer que endurecía su erección, pero a la vez, era la encrucijada de decir que sí, pues estaba ella contenida en él; a la vez que no, pues podría abrir una puerta anhelada y desconocida con ella, nada menos.






- No, no me gusta tanto, pero también me gusta en este momento. O quizás, es un paramundo al que tenemos que nombrar y pasarnos horas inventando palabras nuevas.






Ella sonrió hacia el suelo, como si quisiera esconder un bolo de palabras que la dejarían más desnuda que la pretensión del momento. Se desnudó de las ropas y él veía las turgencias y las laxitudes, las cicatrices atentatorias y sus gráciles estrías. Era un satélite fotografiando un relieve que nunca había visto, un alienígena a punto de aterrizar turbulentamente sobre un lugar ignoto.






- Desnúdate, que hoy tocaré tu timidez, eres el primero que guarda tantos mudos y no me dice alguna cochinada calentona que simplemente no me moja.- Él no podía resistirse a esa honestidad, pero temía una sombra de rechazo, pensó hasta si el tamaño de su pene era el adecuado, un retazo de masculinidad opresiva como si fuera un cilicio. Se desnudó con la elegancia de cisne que se sorprendió, como si fuera una suerte de Nureyev, o una película francesa donde andar en cueros y mostrar los genitales es una cosa natural.



El sabor de ambos se volvió un plato principal, sin guarniciones de como las lenguas parecían minar todo lo precioso que había en ambos. Eran extractivistas, se consumían entre ellos, fluctuaban sus valores según la parte del cuerpo que escogían para colocar en su boca o apretar tiernamente con sus manos.





- Es esto hacer el amor? ¿Existe eso? -pensaba él mientras sus músculos de muchacho parecían placas tectónicas que temblaban y sudaban géiseres placenteros.






- Recuerda. Las personas dañadas son peligrosas. Ellas saben que pueden sobrevivir.- pronunció ella en el momento que su mano izquierda dirigía el pene de él hacia su vagina que era un charco de agua fresca y termal. Él sonrió, pues pensaba en el diálogo de aquella película trágica de Mallé, en unas callecitas suburbanas mal incrustadas y casitas sin gracia alguna para el romance franchute, pero era el otro mundo que estaban cambiando, porque no gustaban de este y ella, era mejor que Juliette Binoche.


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(IV?)




- Escribo para personas tristes- comentó ella, mientras chasqueaba los huesos de todo su cuerpo, como una casa grande, sometida al crujir de los fríos, o la nostalgia de ellos.



- ¿Acaso soy yo, una persona triste?- se apresuró a decir él, con la ansiedad de quién consulta su destino al tarot o cualquier arte adivinatorio, como si esperará la enfermedad y la muerte a la vuelta de la esquina, un asunto fenoménico que lo imaginaba con un adagio de cuerdas envolvente.





- No has leído lo que escribo- con un sonrisa que pareciera a ratos cruel, a ratos tierna, quizás solo desdén a cierta candidez que aparecía como una roncha llena de pus, lista para ser intervenida por pulgares quirúrgicos.



- Claro que sí lo he hecho, no puedo ni siquiera evitarlo. Mi interés está ahí, contigo, con lo que haces y lo que no. Te observo para adivinarte y leerte los pensamientos, pues al fin y al cabo, somos predecibles. Pero a ti, hay un especie de ceguera que abre muchos compartimientos, llenos de posibilidades que llegan a doler, acá, adentro, como si una cuerda se cortara por el exceso de tensión apresurada.

- Apresurado para eyectar todo lo que tienes: tu supuesto amor, tu supuesta energía... y tu semen- indicando pequeñas humedades que parecían glaciares deshielándose bajo la turgencia de su teta izquierda. Él llenó de sombra su mirada y evitó el contacto, buscando palabras como escudo de sinceridad, quizás, hasta de franqueza malganada, esa llena de rabia, como escupo venenoso que paraliza el alma o bisturí de palabras que dejan cortes profundos y limpios para toda una restante vida.
- No has leído debajo- dijo ella.
- Quizás. No puedo- dijo él
- Pero no puedo ser injusta pues tampoco te he leído a ti lo suficiente. Aún me pareces una extraña aceituna exótica del que no puedo descifrar su procedencia. Él se sintió ofendido y se levantó con una rapidez inusitada, por el ejercicio de fuerza hecho por sus muslos gruesos como dos tubos que se ensanchan elegantemente antes de la altura de sus dos huevos asignados por la estocástica genética.

- Aceituna? Por mi piel? Porque para ti soy un negro o algo así. Ella disfrutaba viendo sus muslos que se tensaban, la parte que más le gustaba de su cuerpo. Sintió un cosquilleo eléctrico en su vientre que le produjo mucho placer.

- Mi amigo, del que te he hablado, piensa que tu piel es hermosa, que el color se asemeja a las cortezas del canelo y que debería ser mi parte favorita de ti.

- Piel canela absoluta- dijo él. Ella se rió.

- Exactamente.

Se recostó en el suelo junto a ella y miraron el cielo raso de la habitación, una plancha ordinaria como toda la mampostería de alrededor, hecha con más ganas que conocimiento artesanal. Él recordó entonces una pared con carreteras de baba que brillaban con cualquier luz, sin importar su intensidad. Alguna vez, vio las babosas recorrerlas que en su crueldad infantil colocaba trampas mortales de sal, como si fuera la esposa de Lot que dio la vuelta a la masacre sodómica. Se sentía Dios en sus poderes sobre esas indefensas criaturas, ceñido con una moral inexpugnable que hoy, le carcome la gelatina dulce que es su vida.

- Vuelan pajaritos verdes en mi habitación como penas que escupen alas y suelo mirar hacia las ventanas para saber si hay indicios de plumas en otro lugar y entrar, abrazar, dejando que las bandadas se picoteen sus barrigas, mientras el té nos calienta el alma.- dijo ella. Él no entendió mucho, pero se tragó sus preguntas para no confirmar lo que ella había dicho y mantener lo que queda de orgullo.

- Aceptó el té para el ánimo.

- Un té.

- No tenemos nombres -dijo él- no podemos llamarnos como nos llama el resto, es otro mundo el que hay que armar. Ay! palabras, palabras, como puedo llamar tu cuerpo y sus partes o lo que me gusta de él. Siento que debemos tomar esta suerte de hilo invisible para tejer con la dedicación más cariñosa todo el universo que se nos sea posible. Ella tomó un plato y lo dio vuelta, observo su base con detenimiento como si buscará una pista contenida en ese objeto para resolver un caso crucial, rasgando más sus ojos que ya eran -al parecer- capaces de ver moléculas como una diosa águila de mirada rapaz. Finalmente, sus ojos se abrieron para dejar escapar una sonrisa y le entregó el plato a él.

-Iré por tu té, Takayami. Él se sorprendió y sintió un escalofrío que hizo que sus brazos se abalazaran contra él, para contenerle la emoción.

- Takayami-se dijo para sí mismo- Pero... tendré que hacer los mismo con ella?¿Tengo que retribuirle con un nombre también? Ay Dios!! No se me ocurre ninguno. Que pedazo de mierda soy.

-Darjeeling, Takayami san. Ese es mi nombre.

- Un gusto pues, Darjeeling. Es como el nombre de un té.

- Así es, pero es caro. Por lo tanto, no lo estamos tomando, pero tampoco es Ceylán, ya que he abierto una caja de té de jazmín.¿ Sientes el aroma?

- Sí. Lo huelo y es muy perfumado.

- Así es, Takayami. Tómalo como un gesto de cariño - En ese instante su mirada parecía en llamas subliminales que invitaban a encender la combustión de la más simple de las cachondeces, pero él añadió goteras de cariño especial, que bien puede ser amor, pero no estaba dispuesto a encasillar tan rápidamente. Prefirió desenrollar el rollo de su ley y mostrarle con paciencia pedagógica todo lo que él es, pero sentía temor que ni el supiese todo sobre él. Era un mar profundo, inexplorado, congénito, compartido con su madre incluso, la diosa antigua que ya no responde a las súplicas porque ya había crecido, pero que en el secretismo, aún facilitaba las acciones, a cambio de fidelidad moral como úlceras en la piel o agujas en la conciencia que no deja dormir.

Ella se recostó pegada a él, oliéndose los sudores del coito pasado.

- Mi amigo es una suerte de profeta. Es amigo de la cordura, pero siento que, a veces, le gusta los bordes de cualquier relieve. Dice verdades y su daño es peor, pero su delicadeza es aún mayor para entrar en tus secretos y una vez que te enfrentas a él, después simplemente bajas la mirada y te confiesas profusamente. Parece saber mucho más de lo que dice y es impredecible con las sorpresas, que así deben ser.

- Lo amas- preguntó él.

- Sí. Y tú también puedes amarlo cuando le conozcas.

No entendía aquello, pero intuía diferencias de amores, pero sintió una punzada en el pecho, tan solo pensar en amar a un desconocido, especialmente, con habilidades que infunden temor.


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(V?)

¿Tienes té Darjeeling en casa? preguntó Takayami- Me refiero por el nombre. Ella le miró con ojos que deseaban tornearse en cualquier momento para dejar entrever la estupidez de pregunta hecha. Cómo no se va a dar cuenta que apenas tengo para vestirme y voy a tener unos de los tés más caros del mundo en casa- pensó ella.

-En realidad, hay un póster colgado en la escalera, es de una película de Wes Anderson, se llama "The Darjeeling Limited"... y sí, probablemente soy una suerte de hipster de mierda, debes pensar- dijo ella.

-Hey no! En absoluto, solo quería saber donde sacaste el nombre. El mío salió de un plato y que tiene notable sentido pues realmente puedo ser un plato cuando me esmero - ella sonrió naturalmente y para él, sus dientes eran perlas preciosas dentro de su concha, una suerte de nacimiento de Venus - algo de pretencioso Boticelli del humor hay en mí-pensó él con tan poca modestia, que el sol se ocultó entre chaparrones de lluvia.



Se habían vestido después de dos cópulas: la primera, amable y exploratoria; la segunda, frenética y más duradera. Takayami sentía deseos de rascarse su miembro pues no alcanzó a asearse y los restos de semen y transpiración hacían uso de su poder de cavilar hasta el más portentoso de los hombres a desconcentrarse con una picazón por falta de higiene ambulatoria, además, estaba sin calzoncillos ya que lo utilizó para limpiar el desastre que dejó cuando tomó mal el preservativo y vació su contenido sobre ella, como si fuera un cristal cóncavo templado recientemente, lista para recibir algún líquido, sea leche o vino. Ella, por otra parte, también sentía picazón por falta de aseo corporal ambulatorio, pero no diría nada, así como tampoco destinaría algún segundo a concentrarse en esa sensación tan poco placentera.

- Las primeras hojas del darjeeling son cosechadas en marzo- habló Takayami- se les llama "primer brote" y tiene mucho de alegoría al nacimiento de los frutos, a la delicadeza, a la belleza de sobrellevar inviernos relativamente fríos del Himalaya y del lodo provocado por los ingleses. El primer brote es mera supervivencia y procacidad por la vida, una cuestión de suerte inevitable y, ciertamente, el sabor de esas primeras hojas se parecen a ti, ligeras y vivaces, como sus colores... Sí, corresponde que te llames Darjeeling- finalizó Takayami, mientras Darjeeling no pudo evitar sentir una ráfaga cálida que la envolvió y le hizo inhalar con mayor profundidad, como si la oxigenación rutinaria, ya no fuera suficiente. Deseaba que estuviera su amigo para solicitarle unas palabras después de contarle toda la sopa tormentosa de emociones que significaba estar al lado de ese muchacho de piel canela, como si el viento le lustrará el pellejo de su frente que brillaba, como él, muchas veces en el silencio, o en el mascullar de su vivaz inteligencia.

La calle era angosta, o más bien, las aceras eran cada vez hechas para personas en extremo delgadas, para privilegiar los motores de los automóviles sean del año y de cualquier otro, pues para ese barrio, simplemente significaba o una fuente de trabajo o dolores de cabeza por gastos incurridos en lo absolutamente innecesario. Lo único que adornaba aquella vía -además de Darjeeling y Takayami- eran los cerezos en flor, los campanazos inaudibles con los oídos del fin del invierno, que provocaba las risas de ambos, mientras jugaban y se tocaban a propósito para provocarse la transpiración y olerse como los animales que eran, un ritual de bosque profundo donde la lluvia interrumpe todo sonido o los juegos exploratorios de la infancia debajo de las camas o en los baños, una exhibición reprendida que se convierte en el tabú de las intimidades que se verá rasgada en las folladas que vendrían entre ambos, como si fuera el comienzo de algo, o así lo sintieron -guardando la discreción de la una con el otro- en sus pensamientos.

Aaaaahrggh! un grito como si fuera un rayo que atravesó las murallas de aire llegó a abrumar sus cuerpos, cuando vieron otra persona, atrapada bajo las llantas traseras de una micro del transporte público, con los pantalones abajo y sus piernas desnudas en una contorsión imposible. Ya no había más gritos y solo pasos curiosos que se hacían más cortos de distancia, a medida que todas las personas formaban la medialuna de la morbosidad previa a la mortuosidad inexorable. Una brocha pintó una línea gruesa de color rojo sucio, mezclado con la mugre del pavimento y trocitos rosados de cerebro.

- Está muerta-dijo ella. Mientras él, sólo movía la cabeza casi imperceptiblemente. Era la primera vez que veía a la muerte trágica, esa que no avisa jamás, el fenómeno mayor y final de todas nuestras vidas, la que negamos ya sin consciencia puesto que sería el horror pensar que moriremos tan temprano o tan tarde y sin saber cuando. El corazón le latía como si drenarán petróleo desde las profundidades del Hades y se encontrarán con una burbuja de aire o gas que provocaría una catástrofe.

-Tienes que calmarte, tienes que calmarte- pensó con fuerza resistente.

- Hola.

Ambos miraron atrás, escrudiñando la sonrisa burlona que se exponía sin pudores, una sonrisa practicada con años de esfuerzo que los músculos de la cara han desarrollado una elasticidad sin precedentes, un tétanos sardónico como mofa a la muerte misma.

- Hola, Edmundo.

- ¿Así me saludas ahora, hermano?

- Murió alguien.

- ¿Quién?- Takayami indicó con el dedo. Edmundo hizo una mueca de desconcierto e implosionó en sus pensamientos- Seguramente está pensando en la muerte que se llevará lo que más ama y odia en esta vida- pensó Takayami.

- Tú eres quién escribe a las personas tristes- dijo Edmundo, dirigiéndose a Darjeeling, quién curiosa asintió.

- Soy una persona con la mitad triste y leo de antemano con las palabras de otros. O, como dice un amigo mío "leo sin leer". Es una suerte de profeta, o así suele definirse cuando mira demasiado un punto de fuga, cuando viene la llave en el cerrojo para abrir una de las tantas puertas que es.

- También tengo un amigo con dones de profeta- dijo ella con intriga.

- Quizás sea el mismo.¿Cuál es su nombre?

- No lo creo, pero se... -vio interrumpida por las sirenas y las balizas, junto a la voz que emitía órdenes lacónicas de moverse de aquel lugar. Mientras Takayami sintió como la saeta voladora del temor atravesaba su pecho, otra vez, con la mención de ese profeta, ese tal amigo que pueden ser perfectamente dos tipos cualesquiera.

- No temeré a los fenómenos inexistentes- masculló casi ventrilocuazmente, mientras Darjeeling por la izquierda y Edmundo por la derecha, arrimaban sus brazos con los suyos a caminar sin rumbo fijo.

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