miércoles, 22 de enero de 2020

La bufanda

La bufanda seguía colgada
como si el ayer
siguiese siendo del hoy
los colores cruzados
las motas sempiternas
que anidaron para no
abandonar la tela
azul y verde limonada.

Te levantabas el pelo
tal bosque desnutrido
brillante a cualquier luz
incluso la fría primera
mañana de primavera
que sería el retiro perfecto
de algún piojo ya jubilado.
La bufanda caía tanto

en tu cuello
como en las sillas de madera
como en el cubrecamas
donde derramaste alguna vez
los huevos revueltos con jamón
y lloraste como si la vida
ya no tuviera remedio,
pero reímos

y después hicimos el amor.
Antes, sólo follaba como
si todo fuera un tecnicismo,
pero tu bufanda envuelta en
mi cuello excitado
entregó excusa y testamento
contra mi novela de razones
para no amar en el acto.

La bufanda sigue ahí
calentándose frente a la estufa
como las manos frías
que son mías y de nadie más
donde cada yema es un vagón de
pasajeros con vidrios empañados
pero vacío como el tronco
muerto que nos auguró

el mal presentimiento.
Ahora, la bufanda está
en mi cuello más grueso
flamea al viento y
es testigo de mis manos torpes
que derraman el arroz por el
suelo encerado,
pero me río y me acuerdo

y dejo la bufanda donde
siempre estuvo colgada
donde habrá un hoy
para su respectivo mañana

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