A veces, la ansiedad viene como una telaraña de plástico reforzado a apretar el pecho, como si algo quisiera emerger de unas aguas turbulentas. El refrigerador parece ser un destino casi obligado, el saqueo de lo comestible para taponear lo indecible, para alimentar quizás, el monstruo abigarrado - pues sí, posee una mezcla de colores sin estilo representados en emociones altibajas- pero que logra reemplazar fumando cigarrillos. Fuma uno tras otro como si algo se fuera a acabar, pensando en que puede salir con un grito ronco, lleno de volumen, siempre después de una sonrisa imperceptiblemente nerviosa. Pero así como llega, así cesan sus palpitaciones y se esfuma, la cordura viene nuevamente a la cabeza y piensa - realmente no hay nada urgente que hacer-.
Mira por su ventana y ve el verano en su esplendor, con mariposas revoloteando su locura alegre y los abejorros posándose sobre la lavanda que está junto a la entrada principal, cual dirigibles conquistando el alimento y el perfume para la mejor de las subsistencias.
esto fue un flechazo
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