miércoles, 15 de enero de 2020

La valentía de dialogar

Ahí viene la paria junta, hecha cuerpo sudoroso, piel de candela fría que desafía la vocación chilena de crear realidades falsas hasta convencerse de la mentira, esa llena de piedad de clase dominante, para la clase dominante: megalómana, chabacana, fallida de endogamias y follones sin condón por el culo detrás del arbusto pecador de la hacienda familiar. Venga a decir el Cristo: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme. Venga a decir los grupos ricachones: te hago la transferencia para que me perdones el haber manoseado a mi prima de corte Larraín, por intermedio del ejército de Karadimas, con sus campanarios diminutos erectos que tanto nos place encubrir.

Ahí viene el cuerpo junto, organismo que se rige por las normas de la vida que pelea la muerte como devenir al final del día: las putas, las travas, trans de todo órgano y expresión, las colas chupapicos, las comehoyos. Ahí vienen todas las niñas y mujeres que sus vulvas fueron rajadas, sus cuerpos empalados, mutilados, cercenados y desollados, tirados al borde de un canal o al fondo de un zanjón,
junto con los niños olvidados bajo la custodia de su violador. Ahí viene el ramillete de obreros acompañados de las promesas rotas que juró la retórica de las vanguardias que los despreciaban por su condición de masa necesitada de conducción, los habitantes invisibles de los sidarios fuera del margen aséptico e insípido de la sociedad neoliberal, las y los viejos abandonados en la violencia de la desmemoria y la rotura de corazón porque no hay familia que los quiera un poquito con las manos, en una caricia en la cara surcada de pena. Viene el ejército de la locura, más feliz que nunca, porque son libres de las ataduras del asilo que los desencaja con la química nefasta que combate la vida hasta el último aliento, las personas -que estorban a los bípedos sensibles- con sus sillas de ruedas, o las que no ven, no oyen o no hablan con los órganos que hemos dicho, no corresponde, pero son versátiles en utilizar la parte del cuerpo que se les antoje para comunicar.

Ahí vienen, al final, la que habla mal, el que le patina la 'cehache',  la de dientes chuecos, el que le huele el sobaco o la raja, o porque no ambos, qué más da, ahí vienen con la valentía de dialogar depositada en la vanguardia, que está vacía, sólo con carros empujados por este cuerpo hecho uno, lleno de explosivos para detonar, porque la poesía es fuego que seduce otros fuegos que queman, pero es también mensaje. Entonces ¿quién se atreverá a decir que no hay disposición? o mejor aún ¿la valentía de dialogar?


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